Paulina Lebbos, con dos trenzas y vestida de paisana, reía mientras miraba al suelo, gesticulando con una mano y sosteniendo con el otro brazo a Leticia, también ataviada para la ocasión. Su sonrisa firme, dirigida a la cámara, transmitía una ternura profunda. Esa imagen íntima conserva el recuerdo de una niña que hoy es mujer y que carga con el peso de una historia dolorosa.
Leticia Victoria, quien lleva los apellidos Lebbos, Soto, y nuevamente Lebbos, y ahora Nieva por elección propia, tiene 25 años y ha vivido atravesada por la impunidad.
Distanciada de su abuelo Alberto Lebbos (71), no asistió al juicio en Tucumán donde este miércoles fue absuelto César Soto (44), su padre biológico, dejando el crimen de su madre sin responsables después de dos décadas de espera.
Tras conocerse el veredicto, Leticia publicó en sus redes sociales un emotivo mensaje. “Hay días en que el cuerpo no entra en sí mismo. No por sorpresa, sino por la confirmación. Por ese momento en el que algo se nombra y, aun así, no cierra nada. El cuerpo lo sabe antes”, escribió en una historia durante la noche del miércoles.
“Se endurece. Respira corto. Como si tuviera que prepararse para algo que en realidad ya pasó, pero sigue pasando. A mi mamá la asesinaron. Y el Estado decidió no saber quién fue. Y hoy, otra vez, eso quedó sin respuesta. No alcanza con decirlo. No alcanza con que exista un fallo, una decisión, un cierre escrito”, continuó en un texto cargado de dolor e impotencia.
“El cuerpo no entiende de eso, el sistema nervioso no archiva. Queda todo: la pregunta, la bronca, la sensación de injusticia que no baja. Queda esa certeza incómoda: no buscaron hasta el final, no investigaron, destrozaron las pruebas. Y entonces todo vuelve al cuerpo, a esta mezcla de enojo y tristeza que no tiene un lugar claro dónde ir”, expresó sobre sus sentimientos tras el fallo.
El crimen impune de Paulina Lebbos
Paulina Lebbos, de 23 años, estudiaba Comunicación Social en Tucumán y fue brutalmente asesinada en febrero de 2006, cuando Leticia tenía apenas cinco años. El caso se volvió emblemático en la provincia y, años después, Leticia decidió cambiar su apellido para dejar de “cargar” con el peso de uno de los nombres más resonantes de Tucumán, según relató en una entrevista el 26 de febrero, al cumplirse dos décadas del crimen.
Después del femicidio, Leticia fue criada primero por su abuela y luego por sus tías. Durante la adolescencia, forjó un vínculo con una docente que ahora considera su madre adoptiva. Profesora de danzas clásicas y contemporáneas, se mudó hace seis años a Río Negro junto a Silvina Elizabeth Nieva.
“Logré cambiar el apellido primero para reconocer a mi mamá adoptiva y después para construir mi nueva vida sin la marca tan profunda y sin que sea lo primero que la gente vea en mí”, explicó a La Gaceta.
“No es solo lo que pasó. Es lo que sigue pasando: la vida de una mujer vale menos, su muerte se diluye en expedientes, su historia se fragmenta, se desgasta, se abandona”, agregó en un mensaje en Instagram.
“Es tener que convivir con algo que no cierra, que vuelve una y otra vez a lo mismo, que no termina, que no tiene respuesta. Es vivir con dos ausencias: la de mi mamá y la de la verdad. Y el cuerpo lo registra todo. En la tensión, en el cansancio, en las ganas de desaparecer un rato, en la imposibilidad de seguir como si nada. No hay enseñanza acá, no hay consuelo, ‘aprender’ con ausencias y con la forma en que la vaciaron de sentido. Hoy no puedo ordenar esto, es inentendible”, añadió.
Finalmente, concluyó: “Solo puedo decirlo así: me duele, me enoja, el cuerpo no se adapta a la impunidad. ¿Quién fue? ¿A quién protegen? ¿Por qué ella?”.
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